Fantasía Vs la Nada… ¡y va ganando la Nada!

El mar, ¡qué lugar tan uno mismo!

Escucho más a menudo de lo que quisiera y sobre todo por gente muy joven: estoy aburrid@ o en su variante más patética: estoy obstinad@. Realmente eran incomprensibles para mí esos estados hasta que de tanto chocar con oírlos no me quedó más remedio que prestarles atención.

No me demoró mucho en llegar una respuesta. Aquello no era más que algo ya muy recurrente en la sociedad moderna pero que viene acechando al ser humano desde probablemente que apareció: el vaciamiento. Sí, el aburrimiento sólo es un síntoma de algo más profundo: que no hay mucho dentro y se trata de completar con fuentes externas. Por eso es muy frecuente que los aquejad@s suelan andar buscando compañía o simplemente, salir de sus 4 paredes porque sí.

Todos hemos vivido algún momento en que cambiar, moverse ha sido como la necesaria bocanada de aire que refresca y pone la circunstancia en perspectiva o al menos, distrae del mal rato. Tampoco tener amigos y frecuentarlos es precisamente algo malo. El punto de giro está en que en los casos que refiero se percibe notablemente el carácter ansioso de salir de la casa o de buscar compañía, como rehuyendo a la posibilidad de quedarse a solas consigo mismo. En la mayoría de los casos sucede así: NO PUEDEN ESTAR SÓLOS o TRANQUILOS EN CASA. Y lo alarmente es que solo le sucede a adolescentes y jóvenes, donde esas tendencias son perfectamente normales de esas etapas, hablo de ADULTOS. Gente que veo en los parques sin nada que hacer en la vida o supuestos fiesteros que luego de la entrada al lugar recreativo, sus caras denuncian que sólo han salido… ¡Dios sabrá por qué!

Ese espíritu gregario en las dosis adecuadas es saludable, normal pero aca es la versión en exceso, que preocupa en tanto es una suerte de atudirmiento con compañía, música, acción, todo es válido menos quedarse sólo. ESTAR SOLO se siente amenazador, malo; como si acechara una suerte de monstruo interior que se libera en medio de la soledad. De cierta manera, tienen razón.

El Yo rehuido, desconocido en una suerte de estado primitivo, sin atenciones ni cultivo, puede mostrarse salvaje, distorsionado y amenazador. El contacto con él en ese estado puede llegar a ser cuando menos inquietante; sobre todo por la sensación de que hay algo raro dentro mío que no reconozco como parte mía.

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